Islandia

geiser islandia
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Vive una aventura inolvidable entre aguas termales, géisers y cascadas.

Desde el avión, Islandia se despliega como un enorme pájaro de alas azules: paraíso de hielo poblado por mujeres hermosas y apuestos mancebos, con la mayor cantidad de músicos por kilómetro cuadrado y libros leídos por habitante, derrochando paisajes alucinantes provenientes de un mal sueño de Magritte o de otra constelación. Estoy en Keflavík. Fueron los estadounidenses, durante la Guerra Fría, quienes edificaron el aeropuerto en 1951. Entonces todo tazaba en cálculos geopolíticos. Cuando cayó el telón de Acero, el mundo abrió los ojos y descubrió a Islandia como paraíso turístico.

Al descender del avión, una densa niebla nos envuelve. Todos corren presurosos al Duty Free, porque los escandinavos quieren abastecerse de alcohol – en islandia el precio con impuesto aumenta significativamente -. Dos variedades de licor llaman la atención: la cerveza (El líquido ámbar estuvo prohibido en este país hasta 1989) y unos frascos transparentes con etiqueta negra que dominan los estantes: el famoso Brennivin.

Después de cambiar mi efectivo por coronas islandesas, tomo el autobús que me llevará a Reikiavik. Orden y modernización asombran desde el inicio. En todos lados aceptan tarjetas de crédito o débito y las terminales se hallan por doquier (incluso en los sanitarios públicos en medio de la nada). No es necesario ni siquiera imprimir el boleto; basta con mostrar en la pantalla del smartphone que se ha recibido un correo de confirmación por la reserva para abordar uno de los cómodos autobuses que harán el recorrido hacia la capital de Islandia. Es el importante mencionar que el aeropuerto de Reikiavik solamente recibe vuelos de Islas Feroe, Groenlandia o Dinamarca. Por eso hemos aterrizado en Keflavik. Una vez en el autobús y ampacadas las primeras impresiones del país, el viaje comienza a adquirir vida propia. Los pasajeros descienden en el centro de Reikiavik, donde una camioneta los distribuye cerca de cada hotel. Todo se realiza con una coordinación impresionante y en menos de lo esperado me encuentro sentado en la cama de mi hotel, con un mapa de la ciudad en la mano y con el resto del dia para iniciar la exploración del último continente.

Reikiavik, una capital hecha de hielo.

Lo primero que hay que hacer es dedicarle unos días a Reikiavik, así que después de asearme y descansar un poco, salí a la calle a llenar mis pulmones con el que tantos han descrito como el aire más puro del planeta. En Islandia, aunque los precios sean exorbitantes, hay dos cosas que siempre llegan a manos llenas: conexión a Internet y agua caliente. Salir de fiesta en la capital islandesa es una experiencia alucinante y hay lugares para todos los gustos:

  • Austur en la Austurstraeti (Salido de algún cuento de la generación perdida estadounidense)
  • Húrra ( De un toque más indie, pero en las fronteras del Pub)
  • En Naustin, Le chateau des Dix Gouttesen Laugavegur ( para viajar a París y tener el privilegio de escuchar la voz de la cantante islandesa Bergljót Arnalds todos los lunes )

Cuando el alba quiebra, se puede descansar un par de horas y calmar los estragos de la noche anterior con una buena sopa de langosta. Un excelente lugar para estos menesteres es el Sea Baron, donde además sirven una amplia variedad de pescados y mariscos.

Llega la hora de caminar la ciudad y Leif Eiriksson, el explorador vikingo que puso los pies en la América ignota 500 años antes que Colón, marca la pauta: Su monumento, que se encuentra frente la enorme iglesia Hallgrímskirkja, sobria y futurista a la vez, irradia las ondas de su nave principal hasta 20 kilómetros de distancia.

La riqueza cultural y la vida nocturna animan la vanguardista Reikiavik.

Es necesario detenerse en los surtidores de aguas naturales del géiser de Strokkur. Si se tiene paciencia, se puede lograr una toma fotográfica impresionante del chorro de 25 metros de agua hirviendo que expulsa cada diez minutos. Ya sea en automóvil o autobús turístico, la siguiente escala es la cascada Gullfoos, de una belleza conmovedora. Un letrero deja asentado que la campesina Sigriour Tómasdóttir movió mar, cielo y tierra para evitar que estas aguas prístinas y delirantes se volvieran una planta hidroeléctrica, como anhelaba un comerciante inglés. 

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Administrador de Viajes and Trips

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